Hay momentos en los que la política deja de disimular. Y este parece ser uno de esos.

La reaparición de Delfor Sergnese no fue casual ni inocente. Fue quirúrgica. Eligió tres ejes sensibles —endeudamiento social, funcionamiento interno del gobierno y proyección electoral— y los puso sobre la mesa sin anestesia. No gritó. No rompió. Pero incomodó. Y en política, incomodar a los propios suele ser el primer síntoma de algo más profundo: una interna que empieza a tomar forma.

El dato más crudo no viene de la rosca sino de la calle. Que trabajadores estén usando crédito para comprar alimentos no es solo una postal de crisis: es una alarma estructural. El respaldo al planteo de Fernando Gatica expone que el problema dejó de ser sindical para convertirse en político. Porque cuando el salario no alcanza, el relato tampoco.

Y ahí es donde Sergnese clava el bisturí.

Habla de “cargos como servicio” y apunta al “personalismo comunicacional”. Traducido sin eufemismos: hay una conducción que habla mucho y escucha poco. Y en una coalición, eso no es un detalle menor. Es dinamita.

Porque las coaliciones no se rompen de un día para el otro. Se desgastan. Se llenan de silencios incómodos, de decisiones unilaterales, de dirigentes que empiezan a sentirse convidados de piedra en un esquema donde la lapicera tiene dueño claro.

El problema no es el liderazgo. El problema es cuando el liderazgo se vuelve excluyente.

Y en ese contexto aparece la otra señal, quizás la más potente: el guiño a Adolfo Rodríguez Saá y la posibilidad de una fórmula en 2027. Eso ya no es análisis. Es posicionamiento. Es empezar a jugar.

Porque nadie menciona una alternativa de poder si no está dispuesto a construirla.

La frase “cuando las papas queman” no es nostalgia, es advertencia. Y también es un mensaje interno: hay quienes creen que este modelo de gestión no alcanza para lo que viene.

Entonces la pregunta cae sola: ¿se está gestando una interna?

La respuesta incómoda es sí, pero todavía sin nombre.

No es una interna formal, con listas y fechas. Es más sutil. Más peligrosa. Es una disputa de sentido dentro del propio oficialismo: qué hacer con la economía, cómo gestionar el poder, quién conduce y hacia dónde.

Mientras tanto, la realidad corre más rápido que la política. El endeudamiento crece, la obra pública no despega al ritmo necesario y el margen de maniobra se achica. Si todo el presupuesto termina absorbido por salarios, como advierte Sergnese, la gestión entra en modo defensivo. Y desde ahí no se construye poder: se sobrevive.

En ese escenario, abrir una interna puede ser un acto de sinceramiento o un error de cálculo.

Depende de cómo se haga.

Si es para discutir en serio el rumbo, puede fortalecer. Si es para medir fuerzas en medio de una crisis, puede fracturar.

Lo que está claro es que el silencio ya no es opción.

Porque cuando un dirigente con experiencia sale a decir lo que muchos piensan y pocos dicen, no está rompiendo: está marcando un límite.

Y los límites, en política, siempre obligan a definiciones.

El oficialismo de San Luis empieza a entrar en esa zona incómoda donde hay que elegir: o se ordena hacia adentro, o la interna lo ordena desde afuera.

Sergnese ya hizo su movimiento.

Ahora falta ver si fue el primero de varios… o el inicio de algo que el gobierno todavía prefiere no nombrar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Este artículo fue realizado por periodistas profesionales y cuenta con un autor responsable. Agradecemos su interés en compartirlo, pero le solicitamos que lo hagas desde el link original: Copyright Ⓒ ALFILO