Becerra eligió la motosierra: votó contra los subsidios al gas y salió a militar el ajuste de Milei mientras San Luis se prepara para el invierno

La diputada libertaria respaldó el recorte de la Zona Fría, acusó a los medios de “mentir” y defendió el ajuste nacional. En una provincia donde calefaccionarse no es un lujo, el oficialismo decidió que el problema no son las tarifas: es la gente que protesta.

Hay algo profundamente obsceno en escuchar a dirigentes políticos hablar de “orden económico” mientras millones de personas hacen cuentas para ver si este invierno van a poder prender una estufa sin fundirse económicamente.

Pero eso exactamente fue lo que ocurrió después de que la diputada nacional Mónica Becerra levantara la mano para acompañar el recorte de subsidios al gas impulsado por Javier Milei. Y como si el voto no alcanzara para dejar clara su posición, salió rápidamente a defender la medida con el clásico manual libertario: culpar a los medios, negar el impacto social y repetir que todo se hace “por el bien de los argentinos”.

El problema es que la realidad ya empezó a cansarse del relato.

Porque mientras desde Buenos Aires hablan de eficiencia fiscal y equilibrio de cuentas, en San Luis hay familias que saben perfectamente lo que significa el invierno. No desde una planilla Excel. No desde un streaming militante. Lo saben cuando llega la factura. Lo saben cuando el sueldo desaparece antes de mitad de mes. Lo saben cuando calefaccionarse deja de ser comodidad y empieza a convertirse en un privilegio.

Y aun así, el Gobierno decidió avanzar igual.

La modificación del régimen de Zona Fría no es un detalle técnico ni una simple “corrección administrativa”, como intenta vender el oficialismo. Es un ajuste directo sobre servicios esenciales. Punto.

El Estado libertario encontró una nueva caja para achicar: el bolsillo de la clase media y los trabajadores que todavía intentan sostener una vida normal en medio de una economía destruida.

Lo más llamativo ni siquiera es el recorte. A esta altura, nadie puede sorprenderse de que Milei ajuste. Ganó prometiendo motosierra y está cumpliendo exactamente eso. Lo verdaderamente alarmante es la naturalidad con la que algunos dirigentes celebran medidas que pueden dejar a miles de personas pagando tarifas imposibles.

Becerra no mostró dudas. No mostró preocupación. No habló del impacto social. Su prioridad fue otra: defender políticamente al Presidente.

“Hablo para explicarles por qué los medios que se han ocupado de desestabilizar están mintiendo”, lanzó la diputada.

Otra vez el mismo recurso. Otra vez la paranoia discursiva. Otra vez la fantasía de que cualquier crítica forma parte de una conspiración organizada.

En el universo libertario ya no existen ciudadanos preocupados. Existen “operaciones”. No existen reclamos genuinos. Existen “campañas”. No existen consecuencias económicas. Existen “distorsiones comunicacionales”.

La pregunta cae sola: ¿hasta cuándo piensan gobernar peleándose con la realidad?

Porque mientras los funcionarios hablan de relato, las tarifas siguen subiendo. Mientras hablan de “herencia”, el consumo cae. Mientras hablan de libertad económica, cada vez más personas viven financieramente asfixiadas.

Y encima pretenden que la sociedad aplauda el ajuste como si fuera una hazaña patriótica.

Becerra insistió en que “es mentira que todos los hogares de San Luis pierdan el subsidio”. Técnicamente puede tener razón. Políticamente, el argumento hace agua por todos lados.

Porque el problema no es solamente quién pierde totalmente el beneficio. El problema es que cada recorte empuja a más sectores al límite económico. Familias que hace dos años eran consideradas clase media hoy sobreviven endeudadas, recortando consumos básicos y rezando para que no llegue otra factura impagable.

Pero para el mileísmo todo parece reducirse a una lógica brutal: si no sos indigente extremo, arreglate solo.

Esa es la verdadera filosofía detrás del ajuste.

El discurso libertario habla de meritocracia mientras ignora deliberadamente el derrumbe del poder adquisitivo. Habla de eficiencia mientras destruye mecanismos de contención social. Habla de libertad mientras millones quedan atrapados entre salarios congelados y costos disparados.

Y lo más irónico es que muchos de los dirigentes que hoy celebran el recorte seguramente jamás tuvieron que elegir entre pagar el gas o llenar la heladera.

Desde el oficialismo aseguran que buscan eliminar abusos y focalizar subsidios. Suena razonable hasta que uno recuerda un pequeño detalle: en Argentina ya casi nadie vive holgadamente. El problema dejó de ser “quién recibe ayuda sin necesitarla”. El problema es que cada vez más gente necesita ayuda para no caer.

Pero el Gobierno eligió otro camino. Eligió convertir el ajuste en identidad política. Hacer del sufrimiento económico una especie de prueba moral. Si te quejás, sos un operador. Si criticás, sos parte del problema. Si no llegás a fin de mes, probablemente según el relato oficial todavía “vivías por encima de tus posibilidades”.

La votación de Becerra dejó algo mucho más profundo que una diferencia legislativa. Mostró hasta dónde está dispuesto a llegar el mileísmo para sostener su programa económico. Incluso si eso implica dinamitar subsidios en provincias donde el frío no es ideología: es realidad.

Mientras tanto, el Gobierno sigue hablando de futuro. Siempre de futuro. El sacrificio de hoy para la prosperidad de mañana. El ajuste de hoy para la estabilidad de mañana. La motosierra de hoy para la grandeza de mañana.

El problema es que la gente vive hoy. Come hoy. Paga tarifas hoy.

Y el invierno también llega hoy.

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