La UCR de San Luis debate su identidad política entre la vieja oposición y una nueva etapa de poder dentro del gobierno de Claudio Poggi.
La Convención Provincial de la Unión Cívica Radical de San Luis dejó mucho más que una discusión interna. Expuso, sin filtros, dos modelos de partido que hoy chocan dentro de la UCR. Por un lado, el radicalismo cómodo en la oposición eterna. Por el otro, un sector que apuesta a convertirse en protagonista real del poder provincial.
El texto difundido por Leo Rodríguez, afiliado radical, funciona como una radiografía política de ese conflicto. Pero también como una declaración de principios. La discusión ya no pasa únicamente por nombres propios. Pasa por definir qué radicalismo quiere construir la provincia en los próximos años.
“Persisten al menos dos maneras profundamente distintas de entender el radicalismo y su rol en la provincia”, sostiene Rodríguez. Y esa frase resume el corazón del debate.
Durante décadas, gran parte de la UCR puntana se acostumbró a ocupar un lugar secundario. Un espacio de resistencia política frente al histórico dominio de los Rodríguez Saá. Según plantea el dirigente, muchos referentes fueron “excelentes opositores”. Sin embargo, el problema aparece cuando el escenario cambia y el partido debe asumir responsabilidades de gestión.
“Les cuesta no serlo porque, claro, nunca habíamos sido oficialismo. Está en su génesis”, dispara el texto con crudeza.
La llegada de la coalición oficialista encabezada por el gobernador Claudio Poggi modificó el tablero político. Hoy la UCR integra el gobierno provincial y eso obliga al partido a redefinir su identidad. Ya no alcanza con denunciar, cuestionar o resistir. Ahora debe gestionar, construir acuerdos y ofrecer resultados concretos.
En ese marco, Rodríguez reivindica la conducción partidaria de Juan Alvarez Pinto y sostiene que la mayoría de la Convención entendió que existe “una oportunidad histórica”.
La definición no es menor. El radicalismo puntano atraviesa posiblemente el momento de mayor cercanía al poder provincial en más de cuarenta años de democracia. Por eso, el mensaje apunta directamente contra sectores internos que todavía priorizan la confrontación permanente.
“Gobernar en coalición exige madurez. Exige construir confianza”, afirma el documento. Además, agrega que el crecimiento político “no se logra desde la especulación ni desde el permanente conflicto interno”.
La crítica más fuerte aparece cuando el autor cuestiona a dirigentes que, tras abandonar cargos públicos, comenzaron a desconocer decisiones votadas democráticamente dentro de la Convención radical.
“Resulta difícil no observar con preocupación algunos posicionamientos surgidos antes, durante y después de la Convención”, señala Rodríguez. Y profundiza: “La democracia partidaria implica aceptar los resultados cuando se gana y también cuando no se logra imponer una posición”.
El mensaje tiene un claro destinatario político. Aunque evita nombres específicos, apunta a sectores internos que quedaron debilitados tras la votación partidaria y que ahora cuestionan el rumbo del radicalismo dentro de la coalición oficialista.
Además, el texto intenta conectar con una demanda social más amplia. Según plantea, la ciudadanía ya no espera peleas internas interminables ni dirigentes atrapados en disputas partidarias. La sociedad, asegura, reclama soluciones, gestión y capacidad de transformación.
En ese punto aparece otro eje central del documento: la necesidad de abandonar la “comodidad de la crítica”. Para Rodríguez, el radicalismo debe dejar atrás la lógica de la resignación electoral y asumir definitivamente una vocación de poder.
“No queremos volver atrás. No queremos regresar a un radicalismo reducido a la resignación electoral o a la comodidad de la crítica por la crítica misma”, sostiene.
El planteo refleja una discusión que atraviesa a muchos partidos tradicionales en Argentina. Especialmente a aquellos que durante años sobrevivieron desde la oposición y ahora enfrentan el desafío de gobernar en contextos complejos y coaliciones frágiles.
La UCR puntana parece estar parada exactamente en esa encrucijada. Entre quienes creen que el partido debe preservar su identidad histórica desde la crítica permanente y quienes entienden que llegó el momento de disputar poder real.
“El futuro del radicalismo no está en el miedo. Está en la vocación de poder, en la construcción de confianza y en la decisión de ser parte activa de una nueva etapa para la provincia”, concluye el documento.
La discusión recién empieza. Pero la Convención dejó algo claro: el radicalismo de San Luis ya no debate solamente candidaturas. Está discutiendo qué quiere ser políticamente en el siglo XXI.

