El Partido Justicialista de San Luis decidió volver a mirarse a sí mismo. No es poco. En un encuentro realizado en la sede partidaria, legisladores de distintos puntos de la provincia unificaron una agenda estratégica con un eje claro: el trabajo territorial como columna vertebral del año político 2026. El mensaje, repetido como mantra, fue directo: más presencia en los barrios, más cercanía con las realidades locales y una tarea legislativa que funcione como espejo de ese compromiso con la justicia social y el bienestar de cada departamento.
Hasta ahí, nada nuevo. O, mejor dicho, demasiado conocido.
Porque el anuncio del “regreso al territorio” tiene una virtud y un problema al mismo tiempo. La virtud: reconoce una ausencia. El problema: llega tarde. La pregunta que sobrevuela —y que nadie formula en voz alta— es inevitable: ¿estas decisiones no debieron haberse sostenido siempre? ¿O el peronismo puntano, durante años, actuó con la tranquilidad de quien siente que tiene la vaca atada?
En la cocina política, el operativo tiene nombre propio: el plan del regreso. Quienes conocen los pasillos del PJ lo describen no como una postal nostálgica ni como un simple eslogan de campaña, sino como un trabajo de ingeniería de poder. El objetivo es ambicioso: recuperar presencia territorial real, rearmar un aparato comunicacional con volumen político, reconstruir alianzas y disputar no solo la gobernación, sino también el control interno del peronismo provincial.
Eso implica redefinir estructuras partidarias, ordenar intendencias, recomponer vínculos con sectores sociales y sindicales y, sobre todo, reinstalar una palabra que estuvo en silencio demasiado tiempo: conducción. No como recuerdo épico, sino como horizonte político.
Pero si hay un factor decisivo —y delicado— en esta etapa, es el mismo de siempre: el pacto familiar. La posibilidad de una mesa común donde Adolfo Rodríguez Saá respalde la iniciativa y, a cambio, tenga influencia real en un eventual nuevo ciclo de poder. No se trata únicamente de cargos, ministerios o entes —aunque eso también forme parte del menú—, sino de recuperar una liturgia política que durante décadas identificó a San Luis con un apellido y una forma vertical de ejercer el poder.
Y ahí aparece la incomodidad. Porque el peronismo puede reorganizar su agenda, cambiar consignas y reactivar reuniones, pero no puede esquivar su propia historia. La pregunta no es si el plan es sólido, sino si la sociedad está dispuesta a creer nuevamente.
¿Por qué ahora? ¿Por qué en esta época, que no suele ser el puntapié habitual de una estrategia de año electoral, aparecen reuniones, movimientos y gestos de reagrupamiento? ¿Es previsión política o reacción tardía? ¿Lectura fina del escenario o simple reflejo de que el tablero ya no responde como antes?
También está el dilema de las caras. ¿Habrá un verdadero refresh político o solo un cambio cosmético? ¿Se apostará a nuevos liderazgos con volumen propio o se volverá a buscar a quienes, aun habiendo sido parte del esquema verticalista, hoy están alejados —o expulsados— del mundo político? El recambio no se declama: se construye. Y eso implica ceder espacios reales, no solo micrófonos.
El mayor desafío, sin embargo, no está dentro del partido, sino fuera. En la gente. En una ciudadanía que escucha promesas con el mismo escepticismo con el que se escucha a un ex que jura haber cambiado. El peronismo puntano no solo debe explicar qué quiere hacer, sino por qué esta vez sería distinto. Por qué ahora sí el territorio importa. Por qué ahora sí la escucha es genuina. Por qué ahora sí la justicia social deja de ser consigna para volver a ser práctica.
La política tiene memoria. Y el electorado también.
El 2026 se presenta como una etapa de reconstrucción, pero también de examen. No alcanza con volver al territorio si no se reconoce por qué se lo abandonó. No alcanza con hablar de conducción si no se entiende que el poder, hoy, se legitima menos por apellido y más por coherencia.
El peronismo puntano está frente a su propio espejo. Puede usarlo para peinarse antes de la campaña o para mirarse de verdad. La diferencia no es menor. Y el resultado tampoco.

