La reforma laboral ya tiene media sanción del Senado y el dato político es nítido: Javier Milei consiguió 42 votos afirmativos en general en una madrugada que el oficialismo leyó como prueba de fortaleza. Pasadas las 01:00 de este jueves, el tablero del recinto selló la victoria en el primer tramo de una sesión maratónica que combinó números ajustados, presencia estratégica en el palco y un cierre atravesado por comparaciones explosivas.
No fue una votación más. Fue un mensaje. En un Congreso que suele medir cada gesto, el oficialismo mostró músculo en una ley estructural para su programa económico y laboral. Y lo hizo con la “mesa chica” en el lugar indicado: el Senado.
Karina Milei, secretaria general de la Presidencia, siguió la votación desde el palco oficial junto al jefe de Gabinete, Manuel Adorni, y el ministro del Interior, Diego Santilli. También estuvieron el titular de la Cámara de Diputados, Martín Menem, y Eduardo “Lule” Menem. La escena no fue casual. Fue una señal de control político y de supervisión directa sobre un proyecto que el Gobierno considera clave para redefinir el mercado laboral.
El tablero marcó 42 votos a favor y 30 en contra. Suficiente para aprobar en general la reforma laboral y avanzar en el tratamiento en particular. Pero el número, aunque contundente en términos reglamentarios, expone el mapa real: un Senado dividido, con una oposición que no se resigna y con bloques que, aun sin mayoría propia, inclinan la balanza.
Reforma laboral y Senado: 42 votos, oposición dura y un cruce que marcó la sesión
La resistencia se concentró en el bloque Justicialista y sus aliados. Entre los votos negativos se destacó el del santiagueño Gerardo Zamora, del Frente Cívico por Santiago. Y también los cinco integrantes de Convicción Federal: Fernando Salino, Guillermo Andrada, Sandra Mendoza, María Carolina Moisés y Jesús Fernando Rejal. Una decisión de bloque que ya había anticipado cuestionamientos al procedimiento y al contenido del proyecto.
El debate tuvo momentos de alta tensión. A las 01:08, cuando el cierre parecía encaminado, el jefe de Unión por la Patria, José Mayans, comparó la ley con el lema de los campos de exterminio nazis. “Se llama ‘ley de modernización laboral’. Es como eso que decía en un campo de concentración: ‘El trabajo libera’. Pero era un campo de concentración y de exterminio, y estaba basado en la mentira”, lanzó el formoseño.
La frase cayó como una bomba en el recinto. Desde la bancada oficialista, la reacción fue inmediata. Patricia Bullrich, titular del bloque de La Libertad Avanza, intentó interrumpirlo con una moción de orden. No prosperó. Mayans no cedió la palabra y redobló la apuesta con una chicana directa: “Me quiere cortar el discurso. Que sepa escuchar, acá no está la policía”.
El cruce dejó al descubierto el clima real de la sesión. Más allá de los números, la discusión por la reforma laboral se convirtió en una batalla simbólica. El oficialismo defendiendo la modernización y la flexibilización como motor de empleo. La oposición denunciando retrocesos en derechos y un modelo que, según su mirada, precariza.
A las 00:34, tras el discurso de Mayans, la vicepresidenta Victoria Villarruel anunció formalmente la presencia de los funcionarios del Gobierno en el palco. La notificación fue protocolar, pero política. La Casa Rosada estaba ahí, mirando voto por voto.
A las 01:24 llegó la confirmación: 42 afirmativos, 30 negativos. Y a las 01:43 comenzó a circular la reacción del presidente Javier Milei a la aprobación en general. El mensaje fue leído puertas adentro como un triunfo propio, una validación de su hoja de ruta en un contexto económico todavía frágil.
La reforma laboral no es un proyecto aislado. Es parte de un paquete más amplio de transformaciones que el oficialismo impulsa con la promesa de dinamizar el empleo y reducir la litigiosidad. Para el Gobierno, la ley apunta a modernizar relaciones laborales y generar previsibilidad para el sector privado. Para la oposición, es un giro que debilita garantías históricas.
En esa tensión se explica la escena completa: funcionarios en el palco, discursos incendiarios, votaciones ajustadas y un Senado convertido en campo de disputa ideológica.
La presencia de Karina Milei y el resto de la conducción política en el recinto no fue decorativa. Fue una forma de mostrar alineamiento y respaldo. En una gestión que apuesta fuerte a la centralidad presidencial, cada ley estratégica es un examen de autoridad. Y esta, en particular, era una prueba mayor.
El bloque Justicialista y sus aliados dejaron en claro que la pelea seguirá en cada artículo. Convicción Federal ya había advertido sobre cuestionamientos al tratamiento y al contenido. Gerardo Zamora votó en contra. El mapa de resistencias está identificado.
El oficialismo, en cambio, logró lo que buscaba: aprobar en general la reforma laboral y enviar la señal de que, aun sin mayoría propia holgada, puede construir los votos necesarios.
La madrugada dejó algo más que un resultado. Dejó un clima. Un Senado que discute a los gritos, que compara leyes con símbolos extremos, que tensiona el lenguaje hasta el límite. Y un Gobierno que necesita mostrar avances concretos en su agenda para sostener el relato de cambio.
La reforma laboral superó el primer obstáculo. Falta el detalle fino, el artículo por artículo, el impacto real en la calle y en los tribunales. La política hizo su parte en el recinto. Ahora empieza la otra discusión: la que se juega fuera del Congreso.
La pregunta que queda flotando es simple y compleja a la vez: ¿estos 42 votos alcanzan para consolidar un nuevo paradigma laboral o apenas abren una etapa de conflictividad más intensa?

