El senador Bartolomé Abdala insiste en describir una San Luis estancada. Recorre rutas rotas, enumera falencias productivas y reclama diálogo político. Pero lo hace desde el corazón del oficialismo nacional que hoy conduce a la Argentina por una crisis económica, social y laboral persistente. La pregunta es inevitable: ¿se puede diagnosticar parálisis provincial mientras se empujan, a nivel nacional, recetas que profundizan la incertidumbre?
Hay críticas que interpelan y otras que delatan. Cuando el senador nacional Bartolomé Abdala afirma, sin titubeos, que San Luis está “estancada”, no solo cuestiona a la gestión provincial: se coloca, voluntaria o involuntariamente, frente a un espejo político que devuelve una imagen incómoda. Porque Abdala no habla desde la marginalidad del sistema. Habla como dirigente de La Libertad Avanza, fuerza que hoy conduce el Ejecutivo nacional y define el rumbo económico, social y laboral del país. Y ese contexto no es un dato menor: es el marco que condiciona todo.
Describir una provincia estancada sin asumir el impacto del modelo nacional que se defiende es, como mínimo, una lectura incompleta. Como máximo, una jugada política calculada. Argentina atraviesa una crisis profunda: caída del consumo, cierre de pequeñas y medianas empresas, aumento del desempleo encubierto y una reforma laboral que promete certezas futuras mientras multiplica dudas presentes. En ese escenario, pretender que una provincia avance como si navegara en aguas calmas roza la ingenuidad… o la conveniencia discursiva.
Abdala se reconoce —no sin ambigüedades— como un “peronista libertario”. Una definición tan elástica como funcional. Le permite criticar gestiones provinciales con tono opositor y, al mismo tiempo, respaldar sin fisuras las políticas nacionales que hoy impactan de lleno en la vida cotidiana de los sanluiseños. Porque mientras el senador habla de estancamiento productivo y crisis de infraestructura, apoya una reforma laboral que, hasta ahora, no ha demostrado generar más empleo genuino ni mejorar las condiciones de quienes buscan trabajo.
La contradicción es evidente. En San Luis, la gente manifiesta una crisis laboral concreta: empleos precarios, salarios que no alcanzan y un mercado de trabajo que no reacciona. Frente a eso, Abdala levanta la bandera de la “modernización laboral”, repitiendo el libreto nacional: menos rigidez, más incentivos al inversor, reglas claras. El problema es que, en la práctica, esas reglas aún no se traducen en más puestos de trabajo. Y cuando el presente aprieta, las promesas a largo plazo suelen sonar a consuelo retórico.
El senador dice recorrer la provincia. Ver los pozos con yuyos, los caminos rurales intransitables, la falta de acompañamiento al sector productivo. Si ese diagnóstico es real —y no hay motivos para negarlo— surge otra pregunta incómoda: ¿no debería un legislador nacional, que dice conocer de primera mano esas falencias, impulsar desde el Congreso políticas específicas para que su provincia avance? ¿O su rol se limita a señalar lo que falta mientras acompaña, disciplinadamente, un modelo nacional que recorta, ajusta y transfiere riesgos a las provincias?
La crítica constante a la gestión provincial, sin una propuesta concreta que articule Nación–Provincia, empieza a parecer menos una preocupación genuina y más una estrategia de posicionamiento. Abdala habla de diálogo, pero el diálogo no se declama: se construye con hechos, con agendas compartidas y con decisiones políticas que prioricen el interés provincial por sobre la especulación personal. Porque cuando cada intervención pública parece pensada en clave de campaña, el diagnóstico pierde credibilidad.
Hay, además, un detalle que no pasa desapercibido: la permanente tensión discursiva, ese “pie de guerra” político que se sostiene incluso cuando el contexto exige coordinación y pragmatismo. San Luis no está aislada del país. Su economía, su empleo y su desarrollo dependen —en gran medida— de decisiones que se toman en Buenos Aires y que Abdala acompaña con su voto y su palabra. Señalar el estancamiento provincial sin hacerse cargo de ese entramado es como criticar el resultado sin mencionar las reglas del juego.
La política necesita menos slogans y más coherencia. Si la provincia está estancada, como dice el senador, también lo está en un país que hoy no ofrece estabilidad ni previsibilidad. Y si se pretende que San Luis avance, tal vez sea momento de pasar del diagnóstico reiterado a la propuesta concreta. De usar el peso político nacional para defender intereses provinciales. De salir de la comodidad del discurso y entrar en la incomodidad de la gestión real.
Porque, al final del día, el verdadero estancamiento no es solo económico o productivo. Es discursivo. Es político. Y se da cuando se repite una crítica sin asumir la parte de responsabilidad que toca. Abdala puede seguir recorriendo la provincia y enumerando falencias. Pero mientras no explique cómo las políticas que apoya a nivel nacional ayudarán —de verdad— a superarlas, su relato seguirá chocando contra la misma pared: la de una coherencia que todavía no aparece.

